EXPERIENCIAS PARA-NORMALES - Paulina Romero Rodríguez



Era viernes, a mediados del mes de Abril del año 1996. Hacía un día realmente caluroso para la  estación.
Estaba en mi despacho, sola, ya que la secretaria que me asistía por horas se había marchado a la una. Ya eran más de las dos.
Por aquél entonces en las oficinas no había más ocupantes que yo, pues la dueña había  decidido hacer reformas y no renovar los contratos a nadie. A mí me quedaba un año de alquiler y por  eso seguía allí.
Escuché claramente el sonido de la campanilla de la puerta de entrada a la planta de oficinas  que anunciaba la presencia de alguien. Al cabo de unos instantes se abrió la puerta de mi despacho. No había tomado la precaución de cerrar por dentro como solía cuando ya no esperaba a nadie.
Entiendo oportuno situar los acontecimientos que a continuación sucedieron, no solo en el  tiempo, como ya he hecho, sino también en el espacio. Así pues diré que mi despacho, por aquél  entonces, se encontraba ubicado en uno de los departamentos del piso primero izquierda de un hermoso edificio de principios del s. XX en el centro de Bilbao. La finalidad original de la construcción  había sido la de servir de vivienda a alguna familia adinerada, siendo después reconvertida en oficinas.
Entrando más al detalle, señalaré que mi departamento se dividía en dos espacios o estancias contiguas, de unos 16 metros cuadrados cada una, separadas por una pared de madera y cristal con puerta en el centro.
El primero de los espacios, con acceso directo al pasillo común y al resto del piso, era el dedicado a sala de espera y lugar de trabajo de la secretaria. No tenía ventana y recibía la luz natural del otro espacio a través de la pared de cristal. Contenía cuatro sillas, una mesita de centro, un paragüero de latón situado en la esquina más cercana a la puerta de salida, un escritorio, una mesa de ordenador y un sillón de trabajo.
El otro espacio, donde atendía a los clientes, tenía un precioso ventanal en forma de mirador que daba a la calle. Frente a este ventanal había situado mi escritorio, de manera que el sillón de  trabajo, de madera y cuero repujado, estaba en medio del mirador, recibiendo así la luz natural por  detrás y por los laterales. Ese día tenía cerrados los ventanales, con las persianas entornadas en el lado derecho, pues el sol daba de plano y, el poco aire que pudiese entrar, quemaba. Dos confidentes, un armario archivero y un arcón de robusta madera, todo a juego, componían el resto del mobiliario, en estilo neobarroco, hermoso, pero poco práctico, si bien, por aquél entonces, yo era más romántica que realista, y aquél estilo se ajustaba bien a mi carácter.
Volviendo al asunto de la visita inesperada, diré que, dada la hora y el calor, no estuve ligera de reflejos, pues en otro caso, creo que hubiese sido capaz de despachar con buenos modales al recién  llegado, y darle cita para otro momento más oportuno. La cuestión es que el individuo, se coló con  asombrosa rapidez en mis dependencias y tomó asiento en uno de los confidentes. Al dirigirme a él  titubeé y aprovechó para hablar primero:
- Buenos días. ¿Es usted abogado?
- Si…si, pero…No tenía cita…Creo.
- No, no la tenía. Me trae aquí un problema muy serio. He venido a la Comisaría de policía a hacer un recado y al pasar por este portal he visto la placa y he subido.
- Ya, bien…Es bastante tarde, me disponía a salir…
- Pero es que tengo un problema muy grave.
Noté que el tipo estaba acalorado, lo que no me sorprendió dada su indumentaria, poco acorde con el calor que estábamos padeciendo. Llevaba un abrigo ajado, de color caramelo café con leche, sobado en las mangas y decorado con lamparones de lo que parecía ser salsa de tomate. Su pelo era negro y abundante, algo greñudo y grasiento.
Tras acomodarse, había colocado sobre el otro asiento una maleta de medianas dimensiones, mayor que un maletín de trabajo pero de aspecto similar.
Viendo que no me iba a poder zafar de aquél personaje, decidí sentarme e intentar prestar atención, al menos por unos momentos, a su asunto, quizás así encontrase el modo de convencerle de que viniese en otro momento, para poder atenderle mejor.
Se recostó en el asiento con los brazos cruzados y en actitud que me pareció poco amigable.
- Verá, tengo problemas con mis vecinos – Hubo una pausa brusca y toqueteó nervioso su nariz  – Me acosan.
- ¿Todos? – Mi pregunta, o quizás el tono en el que la hice no le agradó, pues su cara enrojeció y me miró muy serio.
- No, todos no. Los de enfrente. Las ventanas de su cocina y de su dormitorio dan al mismo patio que la ventana de mi cocina y de mi baño. Hace meses que me espían constantemente.
- ¿Está usted en casa mucho tiempo a lo largo del día?- No sé muy bien porqué pregunté tal  cosa, pero lo hice.
- No, tras el desayuno, que hago sobre las ocho, salgo a dar un paseo, y regreso a las nueve y media o diez, para entonces ya no están en casa. Lo sé porque dejan la ventana de la habitación entreabierta, con la persiana bajada solo a la mitad, la cama sin hacer y toda la ropa sucia tirada por el suelo. Eso, si es lunes. Los martes, miércoles y viernes dejan la cama hecha y no veo ropa sucia en el suelo. El resto de los días no abren la ventana, así que no sé en qué estado dejan la habitación.
A estas alturas de su explicación, yo estaba haciendo esfuerzos importantes para mantener la compostura. Ante mi silencio el tipo continuó.
- Mientras desayuno, noto que me están mirando, eso ocurre cada día de lunes a viernes, los sábados y domingos no coincidimos.
- Hablaba a media voz, acercándose mucho a mí mesa, como si temiese que alguien más lo escuchara.
- ¿Están las ventanas de usted y esos vecinos suyos muy juntas?
- Cuatro metros y cuarenta centímetros exactamente.
– Sin pararse a respirar continuó
- Cada día, tras el paseo matutino, me encargo de mis asuntos. Lo hago en el salón de casa porque la ventana da a la calle. Ahí estoy seguro.
– Me quedé con la duda de saber cuáles eran sus asuntos, pero callé.
- Preparo mi comida a la una, y como a la una y media. Cuando me dispongo a recoger la mesa, para ir a tomar la siesta, ellos están de nuevo ahí, mirándome. A veces cierran la ventana y echan las cortinas, pero sé que me están mirando.
- ¿Cierra usted también sus cortinas? Es posible que sea difícil no verse unos a otros, dada la proximidad.
– Mi pregunta, sin duda, le molestó.
- ¡Por supuesto que cierro las cortinas! Pero les veo igualmente ¡Y lo peor no es eso! Todos los viernes a las nueve y media de la noche, me doy un baño y ahí están ellos, mirándome. Cierran la ventana del dormitorio para disimular, pero sé que me están vigilando.
- ¿La ventana de su baño tiene cristales traslúcidos?
– Reconozco que me estaba poniendo ya bastante nerviosa.
- ¿Traslúcidos? No, es estrecha y no entraría suficiente claridad.
- Pero, tendrá usted cortinas, al menos
– Dije en el tono menos inquisitivo de que fui capaz.
- ¿Cortinas? Si, claro, pero a las nueve y media, con la luz encendida, las cortinas no sirven de nada.
- ¿Y persiana? ¿Tiene usted persiana?
– Esta vez reconozco que mi tono no fue muy relajado. El  individuo resopló como un caballo, y su timbre de voz mudó, como si se hubiera tragado a una diva del  “belle canto”.
- ¡Y qué puede importar eso! ¡Le estoy diciendo que mis vecinos me espían!- Retiré mi sillón hacia atrás ante su vehemencia
- Para tener pruebas de su acoso, he estado grabando con mi cámara todos sus movimientos durante la última semana, sin que se diesen cuenta, pero el viernes pasado, la  mujer, porque son un hombre y una mujer – aclaró -, me vio mientras estaba yo en el baño.
-Bañándose – Dije yo, y me miró como si no me enterase de nada.
- ¡No! – Gritó- Yo estaba en el baño con la luz apagada, pero me vio grabando cómo me espiaban ¿Puede creerlo? ¡Me ha denunciado a la policía!
Llegados a este punto no tenía la menor duda de que el tipo estaba muy mal de la cabeza.
- ¡Necesito un abogado para aplastar a esos gusanos! Conozco la Ley, pero temo no saber defenderme.
– En ese momento se inclinó hacia el maletín que había traído y lo abrió, sacando lo que de inmediato identifiqué como un Código de Leyes, tan ajado y sucio como su abrigo.
- La Constitución dice…
- Fue así como inició un recital de normas, comenzando por el artículo 24 de nuestra Carta Magna, seguido de otros tantos de la Ley Orgánica del Poder Judicial y la Ley de  Enjuiciamiento Civil. Con el libro en una de sus manos, haciendo una especie de invocación a los cielos, se levantó como un cohete y me miró. Sus ojos estaban encendidos. Instintivamente retiré todo lo que pude mi sillón hacia atrás, lo que sin duda interpretó como un intento de huida por mi parte.
- ¡No he terminado! Quiero enseñarle algo.
– Esto lo dijo casi vociferando, al tiempo que abría de nuevo su maletín, guardaba el libro de leyes y sacaba un objeto que no pude identificar.  De inmediato di un respingo, y me levanté con tal fuerza que mi sillón cayó al suelo, haciendo  un ruido estrepitoso.
En ese momento, el extraño personaje hizo ademán de pasar hacia donde yo estaba por el lado derecho de la mesa. No puedo precisar cómo lo hice, pero salté por encima del sillón y salí de detrás del escritorio por el lado opuesto.
La puerta que separaba los dos espacios del departamento estaba abierta en su totalidad, de forma que, por suerte, no estorbó mi salida. Aún así, el tipo fue rápido, y se lanzó tras de mí con el maletín en una mano y en la otra el objeto que había sacado del mismo momentos antes y que yo seguía sin identificar, pero que en ese momento me parecía que brillaba con luz metálica.
En mi camino hacia la puerta de salida al pasillo, con las piernas temblándome como si fuesen de chicle, me percaté de que, inexplicablemente, el paragüero de latón depositado en la esquina de la  estancia, se volcaba tras mi paso, lanzando fuera el paraguas que contenía, dejado allí para un caso de emergencia. El paraguas quedó de tal modo colocado, rozando mi rodilla, que parecía estar suspendido  en el aire. El paragüero rodó, hasta colocarse a los pies de aquél tipo, que tropezó con él y casi perdió el equilibrio. Todo esto sucedió sin duda en un segundo, que a mí me pareció una eternidad.
Con el paraguas fuertemente agarrado, me coloqué junto a la puerta de salida al pasillo que, afortunadamente, también había quedado abierta. Amenazante grité: 
- ¡Largo de aquí! Salga inmediatamente o se lo estampo en la cabeza.
En ese momento, no tuve valor para mirar la cara del sujeto. Salió y seguí sus movimientos aterrorizada, hasta comprobar que abandonaba la oficina. Corrí hacia la puerta de la escalera y eché los tres cerrojos de que disponía.
Cerré después mi despacho a cal y canto. Corrí hacia la ventana. Quería comprobar que mi  atacante salía del portal y se alejaba.
Estaba tan nerviosa que no había soltado aún el paraguas.
El tipo no aparecía por ningún lado.
Miré mi reloj. Eran casi las tres. Temblorosa descolgué el teléfono para llamar a casa… Nadie contestó. Recordé que, siendo viernes, era lo habitual.  
Estaba sola. Pensé en llamar a la policía, pero, de repente, me sentí absolutamente ridícula  ¿Qué les iba a contar? En realidad no había sucedido nada, aunque yo sintiera en ese momento que me moría. Estaba tensa, mirando la calle desierta. No me atrevía a salir ¿Y si estaba abajo, esperando en el portal? 
Ya eran las cuatro cuando me decidí. El calor apretaba de verdad y el sol lucía como en un día de verano. Aferrado a mis manos, el paraguas. No hubiera sido capaz de salir sin él. No dejaba de repetirse en mi cabeza la escena del paragüero, regalándome una oportunidad, rodando hasta los pies de mi perseguidor de aquella manera tan sorprendente a pesar de su peso, y de  no correr una gota de aire en la estancia. Y el paraguas, desafiando las leyes de la gravedad, quedándose ante mi, a la altura de mi rodilla, como diciendo ¡cógeme!

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