Londres, 1836, Febrero 10. En aquel adoquinado muelle, en el horario de fin de jornada, cada quien y cada cosa transita alrededor de sus espacios. En verdad todo se ve envuelto por una doble neblina, la bruma de la bruma y la de algunas caras tristes. A mí, aún siendo una jovencita, me gusta siempre sentarme al borde del murallón, o quizás apoyada en una farola cómoda. Por conveniencia y sugerencia de algunos que conocen más estos sitios, mi aspecto va un poco mezclado con ropa de hombrecito. El gorro con visera de lado y mi cabello atado, conjugan con los pantalones de botamanga ancha, un poco recta un poco corta, y un sweater que no dice qué. No sé por qué los olores, los colores, los nubarrones y alguna que otra llovizna, sorprenden mi corazón con la majestad de los grises. A propósito y a la vez como si nada me gusta escuchar la mezcla de vidas, las que vienen en los murmullos de chismorreos absurdos, de poca pesca real, de noviazgos rotos por amoríos compartidos entre varios, de s...