El Maestro - Concha Iglesias

 


Manuel llevaba tiempo pensando en escribir sobre la historia del pueblo en el que vivía, el típico pueblo pequeño situado en el centro de la meseta y que con el tiempo se había quedado reducido a una población muy pequeña, solo personas mayores, la juventud, cómo él había hecho de joven, había emigrado a zonas con más posibilidades de trabajo.

De vez en cuando, Manuel iba a consultar los archivos provinciales, pero le resultaba difícil porque tenía que desplazarse muchos kilómetros en autobús y le ocupaba todo el día, no es que le faltara tiempo era más bien que le suponía muchas molestias para los escasos resultados que obtenía.

En una ocasión, pensando que todos los nacimientos, matrimonios y fallecimientos del pueblo estarían recogidos en los libros de la parroquia, habló con el párroco del pueblo y éste le dijo que la mayoría de ellos, los más antiguos, precisamente los que le interesaban a Manuel se habían enviado a los archivos de la diócesis de la provincia. Le preguntó cómo podía acceder a ellos y el sacerdote le dijo que era muy difícil pues la diócesis no disponía de medios y se limitaba a guardar y custodiar los libros parroquiales sin que estuvieran clasificados y archivados.

Vaya se dijo Manuel, esto se pone cada vez más difícil.

Un día se le ocurrió que quizá en la antigua escuela del pueblo, hoy un edificio casi abandonado, sin más uso que el que le daba la asociación de amas de casa del pueblo que se reunían allí todos los jueves por la tarde para hacer labores, organizar alguna excursión o simplemente charlar, podría encontrar algo del material que necesitaba.

Preguntó a su vecina Dolores que sabía que pertenecía a la asociación, quien tenía las llaves de la escuela y si le dejarían entrar a verla.

Dolores le dijo: las llaves las tengo yo y puedes entrar cuando quieras, pero no creas que vas a encontrar muchas cosas allí, hace muchos años que está cerrada, quizá los niños de tu quinta fueron los últimos en usarla y nosotras para nuestras reuniones solo hemos acondicionado el aula más grande y de vez en cuando aseamos el resto del edificio. Ya sabes que antes los maestros tenían su vivienda en la propia escuela.

Si, ya, ya lo sé, aunque luego me fui a estudiar a la capital, como antes has dicho de pequeño fui a esta escuela.

Dolores le dio las llaves de la escuela y Manuel se dirigió al edificio, pensando que se le hacía raro volver a entrar en él después de tantos años. Una vez dentro, lo primero que vio al entrar fue una pequeña habitación y recordó que allí en invierno, los niños dejaban las botas de agua, los paraguas y las ropas de abrigo.

A la derecha de esa habitación había un aula grande en bastantes buenas condiciones por lo que supuso que era la que usaban las amas de casa para sus reuniones.

Subió la escalera y se encontró un descansillo al que daban 3 puertas, abrió la primera y vio que era un pequeño cuarto de aseo, en la segunda una pequeña cama con su armario y 2 mesillas de noche y en la tercera y la más grande, había una cocina, una mesa para comer con dos sillas y un pequeño sofá, por lo que supuso que era la habitación donde, el maestro comía durante el descanso de mediodía y por la tarde al finalizar las clases, se dedicaba a leer y a pasar la tarde. En definitiva, la habitación donde el maestro hacía su vida.

Manuel miró la habitación con más atención y observó que en una esquina a la izquierda del sofá, había un perchero del que colgaba un sombrero de ala ancha y a su derecha una pequeña librería en la que se veía lo que parecían varios libros.

Manuel se acercó con curiosidad a mirar los libros y vio que había en total 7 libros. Empezó a ojearlos y se dio cuenta que el primero de ellos era una pequeña biblia, la reconoció por sus tapas marrones y se acordó que era la que el maestro utilizaba para enseñarles historia religiosa.

El segundo libro era el quijote que estaba bastante manoseado. Se acordó entonces de que con frecuencia el maestro les comentaba ese libro diciendo que era el mejor libro que se había escrito en España y también que muchas veces les dictaba párrafos de ese libro para que los alumnos los copiaran. Manuel aunque no tenía mala letra odiaba los dictados pero por más que los alumnos protestaban, el maestro les obligaba a hacer los dictados porque decía que era la mejor manera de aprender gramática.

Los que parecían ser otros 3 libros, no era tal sino cuadernos escritos por el maestro, aún podía reconocer su letra. Comenzó a ojearlos y se dio cuenta que estaban numerados, en su primera página llevaban un número, había uno con el 1, otro con el 2 y un tercero con el 3. Entonces se dio cuenta de que eran diarios.

En el primero de ellos el maestro había escrito: hoy cuando llegué al pueblo me vino a recibir el alcalde junto con un grupo de madres con alumnos en edad escolar, me enseñaron la escuela, que estaba muy limpia, las madres comentaron que lo habían limpiado todo a fondo para que tuviera una buena impresión del pueblo y se han ofrecido a ayudarme en todo lo que necesitara y añadía después subí mis cosas a mi habitación y me instalé.

A partir de esa primera entrada, el maestro había ido anotando en ese cuaderno y en los dos siguientes las cosas que cada día pasaban en la escuela, los niños que se portaban mal, los castigos que les ponía y lo que opinaba de sus alumnos y de sus cualidades y posibilidades como estudiantes.

Debajo de los cuadernos quedaban lo que parecían otros dos libros pero al abrirlos, Manuel se dio cuenta de que eran 2 carpetas atadas con cintas, en una las cintas eran azules y en la otra las cintas eran de color rosa, en las que estaban guardadas varias cartas, las abrió y empezó a leerlas, no sin cierto remordimiento.

Leyendo las cartas de la primera carpeta, Manuel se dio cuenta de que eran cartas escritas por la madre del maestro, ya que en lugar de terminar con una firma acababan con un tu madre que te quiere. En todas ellas, después de preguntarle cómo estaba, de comentarle cosas sobre el resto de la familia, de alegrarse de que se encontrara a gusto en el pueblo, siempre terminaba recomendándole que se abrigara bien que en aquella zona hacía mucho frio y que estaba deseando que llegaran las próximas vacaciones para que fuera a ver a la familia.

Del contenido de las cartas de la madre, Manuel adivinó que el maestro tranquilizaba a su madre diciéndole que estaba bien, que la gente del pueblo se portaba muy bien con él, que con frecuencia le invitaban a cenar en sus casas y a participar en las tertulias de los hombres del pueblo y que incluso le habían enseñado a jugar a las cartas y al dominó

La segunda carpeta, atada con cintas rosas, contenía cartas que venían firmadas por una mujer llamada Marina, la primera de ellas era de una fecha muy próxima a la primera de la madre. Por el matasellos, Manuel dedujo que el maestro recibía de Marina una carta cada semana y en la primera de ellas le recordaba lo bien que lo habían pasado juntos mientras estudiaban la carrera y preparaban las oposiciones, luego en esa carta y en las siguientes le iba contando como le iba en la escuela donde daba clase, que se había hecho amiga de algunas de las chicas del pueblo que eran de su edad, que paseaba con ellas e incluso que con ellas acudía a los bailes y fiestas que se celebraban en el pueblo o en los alrededores, pero que no se preocupara porque ella le seguía siendo fiel, y que solo esperaba que el tiempo pasara lo más de prisa posible para que pronto llegara el momento en que pudieran pedir el traslado y ser destinados al mismo pueblo, alguno que tuviera aulas separadas para niños y niñas o al menos a pueblos cercanos para no estar tan alejados el uno del otro como ahora.

Entonces Manuel empezó a contar las cartas que había en cada carpeta y a comparar las fechas del matasellos de ambas y se dio cuenta de que mientras las de la madre seguían hasta final del curso, las de Marina se interrumpían a mediados del segundo trimestre, a mediados de febrero, con una carta que destilaba cierta amargura y terminaba con un adiós para siempre.

Eso le extrañó porque viendo lo que decían las cartas de Marina y aunque no tenía las contestaciones del maestro, parecía que se trataba de una pareja enamorada y que estaban planeando un futuro juntos.

Manuel dejó los libros donde los había encontrado, echó una mirada al sombrero que parecía más propio de una ciudad que de un pueblo como aquel, salió de la escuela y se dirigió a casa de su vecina Dolores para devolverle las llaves.

Cuando ya habían charlado un rato sobre cómo estaba la escuela, Manuel le había devuelto las llaves y salía de casa de Dolores para dirigirse a la suya, de repente se dio la vuelta y le preguntó a Dolores si sabía qué había sido del último maestro del pueblo y Dolores le contestó, sí claro que sí, estando aquí de maestro conoció a la hija del médico del pueblo de al lado y se casó con ella. Fue algo muy rápido y un poco extraño porque en el pueblo se decía que el maestro tenía novia pero nunca la vimos por aquí ni supimos lo que había pasado entre ellos.

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