Londres de Mercedes Liliana Languasco

Londres, 1836, Febrero 10.

En aquel adoquinado muelle, en el horario de fin de jornada, cada quien y cada cosa transita alrededor de sus espacios. En verdad todo se ve envuelto por una doble neblina, la bruma de la bruma y la de algunas caras tristes.
A mí, aún siendo una jovencita, me gusta siempre sentarme al borde del murallón, o quizás apoyada en una farola cómoda.
Por conveniencia y sugerencia de algunos que conocen más estos sitios, mi aspecto va un poco mezclado con ropa de hombrecito. El gorro con visera de lado y mi cabello atado, conjugan con los pantalones de botamanga ancha, un poco recta un poco corta, y un sweater que no dice qué.
No sé por qué los olores, los colores, los nubarrones y alguna que otra llovizna, sorprenden mi corazón con la majestad de los grises.
A propósito y a la vez como si nada me gusta escuchar la mezcla de vidas, las que vienen en los murmullos de chismorreos absurdos, de poca pesca real, de noviazgos rotos por amoríos compartidos entre varios, de señoras y señoritos que, de hecho, en ese horario no abundan.
Eso sí, mi felicidad se ensancha con el vuelo rasante y el sonido inconfundible de las gaviotas que se animan a mezclarse entre nuestra original fauna humana para hacerse el festín entre los desperdicios, y no solo de pesca hablo, sino de lo acumulado en los rincones para quien fuera.
Muchos humanos alejan a las aves para rescatar algo que a lo mejor les llene la panza.
En mi instante de quietud descubro gigante el tamaño de mis ojos, están ávidos de no sé qué, como encandilados y exigidos de tragar con la mirada ese mundo que en cortas distancias abarco desde mi elegido lugar y que cada día, cada tarde, me mueve tanto a estar allí y a soñar.
Con los hombros caídos, igual que la visera de mi gorro, y el cuerpo desplazado como una bailarina de trapo, me siento en mi mejor estado en la blandura de captar todo, como si el relleno de aserrín me ofreciera más espacio, más espacio y más espacio. Como si fueran los poros de adentro que se aúnan con el sonido del oleaje del mar chocando entre los barcos, barcazas, troncos flotantes, botes ajetreados de tanto uso y poco cuidado, y yo, mujercita que busca sin saber sus propias cualidades acendradas.
En este, mi aparente sedentario estado, vivo una sensación de eternidad que me ensancha y confirma cada atardecer que allí es donde quiero estar.
Está tan lleno de magia todo, entre los contrastes de tantas vidas, que se transparentan debajo de cada construcción, de cada ropaje, de cada situación, que tengo la certeza de que el resto de los días que me permita la vida esa es y será mi geografía. Puertos, mares, puentes, tránsitos, tumultos, querubines, rutinas esperanzadas en nada, negociados, contrabandos, ofertas, remolinos de gritos en vendedores ambulantes, cuenteros de historias fantasiosas.
Cuánta fuerza voy sintiendo por dentro al permitirme todo. Cada tarde me deja un algo inexplicable calando en lo más hondo entre mis tesoros.



Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

EXPERIENCIAS PARA-NORMALES - Paulina Romero Rodríguez

Mientras dormías - P. A. B.